EL PASILLO ROJO
Hay pasillos que no se recorren.
Se inhalan.
Se sostienen.
Se ceden.
Y este…
siempre ha sido uno de ellos.
La luz roja no ilumina: confiesa.
Parpadea como si reconociera un temblor que tú aún intentas ocultar.
Las paredes guardan un silencio tan denso que obliga a tu cuerpo a escucharse demasiado pronto.
Y el suelo… cruje distinto cuando alguien llega hasta el penúltimo tramo.
Ese tramo.
El que casi nadie cruza sin vacilar.
No porque ocurra algo.
Sino porque, por primera vez, algo podría ocurrir.
Aquí el deseo no avanza en pasos.
Avanza en microimpulsos, en respiraciones que se aceleran sin permiso,
en hombros que se tensan un milímetro más de lo que deberían.
Ese punto del pasillo siempre me ha fascinado.
Nunca para vigilar.
Siempre para comprender.
Porque ahí, justo ahí, el cuerpo se delata:
la mano que busca la pared sin querer apoyarse,
el cuello que se inclina como si quisiera presentarse,
el aire que se contiene no por miedo… sino por expectativa.
Ese lugar revela más que cualquier confesión.
Es el instante exacto en que una mujer descubre
si está cruzando un pasillo…
o cruzándose a sí misma.
Nadie llega ahí por error.
Nadie se detiene por casualidad.
Y cuando decides dar un paso más —porque siempre llega ese momento—
la madera lo siente antes que yo.
Tu cuerpo lo anuncia.
Tu silencio lo pide.
Y el Domus… responde.
Ese tramo rojo no transforma a nadie.
Solo revela lo que ya eras antes de entrar,
pero todavía no habías podido aceptar.
Por eso, cuando escuché tu respiración cambiar justo ahí…
lo supe:
Que esa noche no sería como las demás.
Que estabas a punto de dejar de engañarte.
Y que al cruzar ese último metro…
ya no habría retorno.
No porque yo lo dictara.
No porque el Domus lo exigiera.
Sino porque, mucho antes de llegar a él,
ya habías decidido rendirte.
El pasillo solo te mostró el reflejo.
La verdad… la traías tú.