La primera vez que esperé una instrucción… y no llegó

ELLA Nov 17, 2025

Hay silencios que se sienten más que cualquier palabra.

Ese fue el primero.

Yo estaba ahí, de pie, sin saber muy bien qué hacía con las manos,
ni con la respiración,
ni con la forma en la que mis piernas parecían recordar algo que mi mente aún negaba.

Esperaba una instrucción.
Una simple palabra.
Un gesto.
Un movimiento que me dijera qué hacer con todo lo que estaba sintiendo.

Pero no llegó.

Y fue ese vacío —ese espacio donde no pasó nada—
lo que me desarmó.

Porque una instrucción habría sido fácil.
Un “ven”.
Un “para”.
Un “espera”.
Algo que me permitiera culpar a la obediencia,
y no al deseo que ya empezaba a apretar demasiado dentro de mí.

Pero Él no dijo nada.

Y eso me obligó a escucharme…
a escuchar mi cuerpo, no el suyo.

Me di cuenta de que había un instante, uno muy pequeño,
en el que dejé de pensar como yo
y empecé a preguntarme qué esperaba Él que hiciera.

Y cuando me escuché pensando eso,
sentí una mezcla de vergüenza y vértigo.

Porque no fue Él quien me pidió nada.
Fui yo la que se ofreció con cada respiración contenida.
Fui yo la que dejó de ser espectadora
y empezó a ser algo más… sin que nadie lo ordenara.

Me quedé inmóvil, intentando que no se notara el temblor leve en mis dedos.
No por miedo a Él,
sino por miedo a mí misma.
A lo que podría llegar a hacer si la instrucción llegaba.
A lo que podría llegar a hacer si no llegaba nunca.

El silencio se volvió un espejo.
Uno donde no podía esconder la verdad:
que ya estaba reaccionando a una ausencia,
como si la ausencia fuese un mandato.

Y entonces pasó algo que no esperaba.

Mi respiración cambió.
No porque Él la guiara,
sino porque yo ya estaba entrando en un lugar donde nunca había estado.
Ese espacio entre la duda y la entrega.
Ese donde el cuerpo responde antes que la mente.
Ese donde una mujer descubre que obedecer
no siempre requiere una orden.

A veces basta con desearla.

Cuando finalmente me atreví a levantar la mirada,
Él seguía ahí.
Quieto.
Casi indiferente.

Como si hubiera sabido desde el principio
que la instrucción que yo esperaba…
no era la que necesitaba.

Y en ese momento, entendí algo que aún hoy me cuesta admitir:

No fue su silencio lo que me hizo temblar.
Fue el mío.

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