Lo que sentí cuando escuché sus pasos detrás de mí
(Entrada 003)
Al principio pensé que los había imaginado.
Que el Domus estaba jugando con mis nervios,
o que era mi propia respiración la que sonaba más fuerte de lo que debía.
Pero no.
Eran pasos.
Lentos.
Medidos.
Distintos a los míos.
Distintos a cualquier sonido que hubiera escuchado antes.
Pasos que no buscaban alcanzarme,
sino rodearme por dentro.
No sé en qué momento exacto dejé de moverme.
Solo recuerdo que mi cuerpo se detuvo antes de que yo lo decidiera.
Una inmovilidad que no era obediencia,
pero tampoco era resistencia.
Era algo en medio…
ese lugar donde una mujer teme girarse
porque sabe que, si lo hace,
algo dentro de ella se va a romper de una forma irreversible.
No pude identificar la distancia.
No era cerca.
No era lejos.
Era esa proximidad calculada donde cada centímetro pesa más que un gesto.
Mi espalda reaccionó primero:
una tensión suave, involuntaria,
como si la piel se recogiera para escuchar mejor.
Como si cada vértebra entendiera que esos pasos no querían asustar,
pero tampoco querían dejarla indiferente.
Entonces ocurrió algo aún más desconcertante:
Mi respiración cambió.
No porque él estuviera demasiado cerca,
sino porque yo lo estaba sintiendo demasiado.
Ese tipo de sentir que no pasa por los sentidos,
sino por la memoria del cuerpo.
Como si hubiera reconocido algo mío
en alguien a quien no podía ver.
Quise girarme.
Lo juro.
Una parte de mí necesitaba confirmarlo.
Ver su sombra.
Calcular su presencia.
Descifrar qué quería de mí.
Pero otra parte —la que rara vez escucho—
me dijo que no lo hiciera.
Que girarme demasiado pronto sería perder algo.
Romper el ritmo.
Interrumpir un lenguaje que no entendía,
pero que mi cuerpo estaba empezando a hablar sin pedirme permiso.
Los pasos se detuvieron.
Y ahí fue cuando sentí la verdadera sacudida:
El silencio después del sonido.
Ese silencio que no te deja huir
ni avanzar,
y que te obliga a escuchar el temblor que no quieres admitir.
Mi pulso se aceleró sin razón aparente.
Mi nuca se calentó.
Mi pecho se elevó un poco más de lo normal.
No me tocó.
No me habló.
No hizo nada.
Y aun así…
lo sentí más que si lo hubiera hecho.
Porque hay presencias que no necesitan contacto para traspasar la piel.
Y hay hombres que pueden hacerte temblar
sin mover un solo dedo.
Cuando finalmente reuní valor para girar la cabeza apenas unos grados,
ya no escuché sus pasos.
Pero el Domus me enseñó algo esa noche:
Los pasos no eran lo importante.
Lo importante era el efecto que dejaron dentro de mí.
Y ese efecto…
aún no ha desaparecido.