Orden nº1: No pidas perdón por desear
No es necesario que te escuches decir “lo siento”.
Aquí no.
Aquí no se castiga el deseo.
Se le da un sitio.
Has pasado demasiado tiempo pidiendo perdón por cosas que tu cuerpo decidió antes que tu cabeza.
Por mirar donde “no debías”.
Por imaginar lo que “no se espera” de ti.
Por sentir cómo se acelera tu respiración en los momentos equivocados… o con la persona equivocada.
El Domus no te ha traído hasta aquí para juzgar eso.
Te ha traído para otra cosa:
para que, por una vez, no tengas que disimularlo.
Por eso, antes de que cruces cualquier puerta, escucha:
No pidas perdón por desear.
No pidas perdón cuando tu espalda se tense un segundo antes de que te toquen.
Cuando tu pecho suba medio centímetro más rápido al escuchar pasos acercarse por el pasillo.
Cuando tu mirada tarde un poco demasiado en bajar desde unos ojos hasta unas manos.
No es falta de control.
Es verdad.
Has aprendido a llamarlo debilidad, exceso, capricho, peligro.
Te han enseñado a bajar la voz cuando hablas de lo que te despierta la piel.
A sonreír como si nada te afectara.
A decir “estoy bien” incluso cuando tu cuerpo está pidiendo otra cosa, con un lenguaje que nadie más se ha molestado en aprender.
Aquí ese idioma sí se escucha.
Se lee en la forma en que apoyas la espalda en la pared,
en cómo sujetas el borde de la silla,
en ese segundo exacto en el que decides no apartarte.
Hay una regla silenciosa entre estas paredes:
quien entra mintiéndose, se rompe.
Quien entra sincera, se abre.
No hace falta que lo anuncies.
No hace falta que lo expliques.
Solo hace falta que, cuando el deseo aparezca, no lo ahogues con la vieja costumbre de pedir disculpas por él.
Si tiembla tu voz, deja que tiemble.
Si te quedas sin palabras, deja que hable tu respiración.
Si el miedo y la excitación se confunden, quédate en ese borde un poco más.
Aquí nadie va a salvarte de lo que sientes.
Solo vamos a sostenerlo contigo.
Recuerda esto:
El Domus no se alimenta de tu obediencia ciega,
sino de tu sinceridad brutal.
Cuando te descubras a punto de decir “perdona”…
cállate.
Respira.
Mira al frente.
Y en lugar de disculparte por lo que deseas,
decide qué vas a hacer con ello.
Esa es la primera orden.
La única que tendrás que darte tú misma.
Las demás,
vendrán después.